Maravillas

Maravillas - Mario Qintana

Las maravillas del mundo. Esas que nos dejan con la boca abierta y ganas de más. Maravillas que hacen que nos sintamos muy pequeños ante la belleza de su magnitud. Un amanecer, un atardecer, una noche estrellada, una naturaleza con colores imposibles. Pero las maravillas también pueden ser pequeñas y no por eso pierden el encanto de su efecto. Quizás cueste más verlas, o más que verlas, apreciarlas. Sí, creo que esa es la palabra.

Según Mario Quintana (poeta y periodista brasileño), ‘las maravillas del mundo nunca son pocas’, cosa con la que estoy de acuerdo. Entonces, yo me pregunto: ¿por qué hay veces que nos cuesta tanto verlas? ¿por qué parece que se esconden? ¿por qué hay días en los que prácticamente ni asoman la cabeza?

Atando cabos, creo que he llegado a una conclusión: las maravillas existen, claro que sí, en el día a día, en cada rincón, en cada uno de nosotros. El problema es que dedicamos gran parte de nuestro tiempo a otro tipo de contemplaciones en el mundo que comienza más allá de la pantalla de ordenador, tele y móvil. Y esto no es una crítica ni un intento de establecer si es bueno o malo. Es solo una observación. Está claro que las nuevas tecnologías ligadas a Internet proporcionan mucho contenido y posibilidades que hacen la vida más interesante (y espero que este blog sea partícipe, así sea un poquito, de esta idea). No es que lance pierdas contra mi propio tejado (o en este caso mi propio blog). Es solo que la duda se me plantea cuando chequeo Facebook por décima vez en el día, o leo un correo desde mi móvil sin darle tiempo ni siquiera a que se muestre todo el contenido. Porque lo que está claro es que si estoy haciendo una cosa, no estoy haciendo otra y esto es lo que me lleva a la duda. El otro día leí en Internet la media de tiempo que se pasa una persona en Facebook por día. No me acuerdo del dato exacto, pero de lo que sí me acuerdo es que la cifra era bastante alta. Y yo, sin llegar a esa media, me identifiqué bastante.

Así que quién sabe, quizás las maravillas del mundo se ‘escondan’ ahí, en esa media diaria en que estamos enganchados al móvil. O tal vez ni siquiera estén escondidas. Tal vez aparezcan a través de la ventana del tren cuando vamos al trabajo, solo que no las vemos porque estamos absorbidos por el móvil. O porque las prisas nos impiden pararnos un momento para contemplar. O porque pensamos que una ciudad grande no es lugar para encontrar nada de esto y ni siquiera nos molestamos en contemplar nada.

Voy a compartir la maravilla que vi, aprecié y admiré un día. Estaba paseando por el barrio de Hamstead, al norte de Londres, cuando de repente apareció: la puerta principal de una casa victoriana y su fachada, toda ella repleta de ramas con hojas de colores cálidos. Una maravilla a la que contemplé con mis ojos y con mi cámara, despacio y sin prisa. Recuerdo estar de pie delante de la fachada por unos cinco minutos o así. Un lapso de tiempo donde permanecí inmóvil a excepción del par de veces en que me tuve que apartar un poco para dejar pasar a varias personas que con prisas y móvil en mano no tenían ojos ni para quién tenían delante ni para la imponente fachada que flanqueaba su paso.

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