Sonríe, estás en foco

Sonríe, te queda muy bien.

Si hay un recuerdo que llevo conmigo en la mochila de mi vida es el de mi viaje a Uganda el año pasado. Una serie de circunstancias hizo que de la noche a la mañana como quien dice mi familia y yo nos presentásemos allí para disfrutar de unas primerizas vacaciones familiares. Con un equipaje ligero pero con unas ganas tremendas de conocer ‘la perla de Africa’, poco o nada podía suponer yo entonces que ese viaje iba a cambiar tanto mi vida.

Viajar a Uganda y a muchos otros países africanos supone viajar al pasado y adentrarse en un mundo más humano y sencillo, donde la belleza de la abrumadora naturaleza es tan solo eclipsada por otro tipo de belleza, aún más conmovedora: la de las cientos, miles, millones de sonrisas que te dedica la gente, en especial los niños, cuando te ven. Sencillamente es algo digno de ver o mejor, de experimentar. Sus sonrisas son sinceras, humildes, contagiosas y llenas de alegría porque… no sé muy bien por qué la verdad. Pero bien pensado, tampoco sabría explicar el por qué no. Lo que quiero decir es que hoy en día casi parece más normal ir luciendo una cara larga en vez de una sonrisa, y eso, a mi modo de ver, es un poco inquietante.

Muchas veces cuando voy en el metro de camino al trabajo me da por levantar la vista de mi libro para mirar a mi alrededor y casi siempre me planteo la misma pregunta: ¿tendré yo también esa misma expresión? Es algo que da que pensar porque lo realmente preocupante de todo es que hasta que no fui a Uganda nunca me había planteado esto. Y si el llegar allí fue un shock (en positivo), el volver a Londres no dejó de tener el mismo impacto pero al contrario: por todos lados había caras de prisas, caras largas, caras de fastidio, de ‘llego tarde’, de cansancio. Y ni una sonrisa.

Igual que elegimos cada día la ropa que nos vamos a poner, deberíamos empezar a considerar a la sonrisa como parte de los accesorios que llevamos. Seguro que alguna vez has visto a alguien que iba sonriendo (me refiero a una sonrisa natural, no forzada ni exagerada), y has empezado a sonreír tú también. Eso es precisamente lo mejor de las sonrisas: su efecto contagioso. Además, y no hay excepción que valga, siempre quedan bien, favorecen y pegan con todo.

Me gusta pensar que todos tenemos que aprender de todos, y si bien Africa está desgraciadamente muy por detrás del desarrollo en muchos aspectos, creo que ellos nos ganan en cuanto a sonrisas per cápita y metro cuadrado, y es sin duda alguna algo sobre lo que recapacitar. Decidir la actitud e incluso postura corporal con la que vamos a afrontar el día debería ser parte de la rutina mañanera (algo tan mecánico como desayunar o ir al baño), que nos predisponga desde primera ahora a sacar a relucir lo mejor de nosotros y a darnos cuenta del impacto que tenemos en los demás.

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