Deja que ocurra

Sal ahí fuera y deja que la vida ocurra.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y razón no les falta. Pero metafóricamente, siempre me ha gustado comparar la vida con un río pues encuentro que su corriente con sus piedras y saltos de agua simbolizan muy bien el recorrido de la vida. Siguiendo con este ejemplo, desde muy pequeños nos enseñan a nadar o cuanto menos a cómo mover el cuerpo para no ahogarnos. Y en la vida sucede exactamente lo mismo: crecemos aprendiendo que lo que no nos mata nos hace más fuertes, superando los distintos obstáculos que se nos presentan para así permanecer a flote, siguiendo la dirección que queramos y nos haga felices.

Pero de tanto mover brazos y piernas nos olvidamos de que el río tiene su propia corriente y que a veces no hace falta luchar tanto para seguir a flote: lo único que hay que hacer es extender nuestras extremidades y dejarnos llevar.

Dejar que la vida fluya, que la vida suceda, y abrazar y aceptar las cosas según se presenten. Qué fácil y a la vez qué difícil. Como humanos que somos nos gusta aportar nuestro granito de arena en todo, sentir que contribuimos, que actuamos, que tomamos cartas en el asunto. Y es tanto el empeño que muchas veces no nos damos cuenta de que lo más sensato sería dejar fluir, sin necesidad de analizar tanto, ni de opinar, ni mucho menos preocuparse en exceso. Dejando que el mundo nos sorprenda, empapándonos de todo y de nada a la vez, en un dejar hacer pacífico y sereno, como quien se deja llevar por la corriente del río.

Creo que a veces analizamos y manoseamos todo tanto que terminamos por generar más obstáculos, entorpeciendo así el curso natural de cada situación. Y no solo eso sino que además en ese trasiego de ‘ni si, ni no’, nos olvidamos de la regla de oro por excelencia: la vida es ahora. Estamos tan preocupados buscando el salvavidas que no nos damos cuenta de que hacemos pie donde estamos, gastando así mucha energía innecesariamente. Y es que a veces, la solución más sencilla pero a la que menos echamos mano parece ser la de serenarnos, respirar, contar hasta tres, y convertirnos en meros catalizadores que faciliten la solución de algo, en vez de entorpecer su llegada.

Aprende a nadar y a permanecer a flote. Aprende los distintos estilos, toma precauciones y conviértete en un excelente nadador. Pero no olvides que el río tiene vida propia y que a veces dejarte llevar por su caudal y fluir y disfrutar con él puede ser la mejor de las soluciones. Deja que la vida ocurra y únete a ese fluir sin dejar que tus manidos pensamientos entorpezcan. Tarde o temprano el río siempre encuentra su mar, y tarde o temprano tú llegarás a ese destino con el que tanto sueñas. Solo es cuestión de tiempo, y de permitir que la vida fluya a través de ti.

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