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El sinsentido del perfeccionismo

 

Lo-que-es-verdaderamente-duro

Hay épocas en las que parece que las mismas conversaciones se repiten con distintas personas, en distintos contextos, y yo siempre creo que no es casual. También creo que poco a poco las personas empezamos a plantearnos nuestros hábitos y pensamientos, nuestros estilos de vida y todas esas chinas en el zapato que después de tanto caminar, nos empiezan a hacer daño. Creo que ha llegado la hora de juntar todos esos argumentos compartidos y mojados en varios cafés con leche para poner sobre la mesa la nocividad de esa piedra a la que por fin le empezamos a decir ‘camino mejor sin ti’.

No sabría decir desde cuándo nos han metido esa idea en la cabeza de que el perfeccionismo es bueno. Tampoco sabría decir el por qué. Tratar de hacer siempre las cosas mejor y ofrecer nuestra mejor disposición para que lo que hagamos lo hagamos bien, es una cosa. Actuar, hacer y vivir con la brújula del perfeccionismo por la que si algo no es perfecto entonces ya no es bueno, es otra bien distinta. Uniendo todos esos comentarios de charlas de café con amigos veo claro dos cosas: que solo sirve para martirizarnos y ponernos una presión innecesaria, inservible, agobiante y opresora, y para sentir que nunca nada de lo que hagamos será lo bastante bueno, y por tanto tener que vivir con una eterna insatisfacción con lo que hacemos y en muchos casos, incluso hasta con lo que somos.

¿Cuándo empezó todo este sinsentido? ¿Quién nos metió esa idea en la cabeza? Si la perfección como tal es algo subjetivo porque lo que para mi es perfecto para ti no lo es, ¿por qué seguimos amarrados a la misma rueda creyendo que realmente la perfección es buena y alcanzable?

El otro día me puse a pensar en cómo sería un mundo perfecto, con gente perfecta, acciones perfectas y un lenguaje perfecto. Quizás tú tendrías una visión distinta, pero te cuento lo que yo vi: un mundo carente de humanidad donde no existía el aprendizaje, ni la capacidad de superación, ni el perdón. No habría conciencia que valiese, ni la buena ni la mala, no habría obstáculos con los que aprender el don de la resiliencia porque directamente no habría baches que superar. No habría nada mejorable porque todo sería perfecto. Y si todo fuese perfecto… ¿qué sentido tendríamos aquí? si no tenemos nada que aprender ni que mejorar, ¿qué razón habría para vivir?

La capacidad de superarnos a nosotros mismos y la de aprender de nuestros errores así como el valorarnos cuando sabemos que estamos dando lo mejor de nosotros mismos son capacidades propias del ser humano. Querer saltarse todo eso para aspirar a algo que no existe y que a lo único que contribuye es a generar estados de ansiedad e insatisfacción con nosotros mismos es en mi opinión una de las peores formas de cargarse el momento presente y de no valorar ni quienes somos ni lo que hacemos.

El ser humano no es perfecto y creo sinceramente que ésta una gran noticia. Aprendamos pues a respetar nuestra condición de seres imperfectos capaces de superarse y dar lo mejor en todas las circunstancias, aceptando nuestras limitaciones y valorando el hecho de que aprendemos porque todo es mejorable y no porque aspiremos a una idea de perfección que no conduce a ningún lado. Empecemos a valorar lo que hacemos por el esfuerzo que conlleva y no tanto por el resultado que obtengamos. Reitero y creo firmemente que todo esto no es sino una gran noticia.

Llorar por las cosas

Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor. Eduardo Galeano

Hay veces en la vida en las que pasan situaciones que nos trastocan los planes, que ‘nos hacen la puñeta’ como se suelen decir coloquialmente, y con las que debemos lidiar. Una situación como la que me tocó vivir hace unas semanas, donde haciendo una excursión por el centro de Australia mi cámara de fotos no corrió buena suerte y acabo siendo lanzada contra la carretera. Allí, en el asfalto abrasador, mi cámara agonizaba mientras yo me acercaba a ella despacito, como sin querer reconocer lo que estaba viendo; como queriendo retroceder en el tiempo para evitar lo que acababa de ocurrir.

Si cuento esto es porque dentro de la desgracia, tuve una reacción nueva en mi y fue un momento muy revelador. Sigo contando: Me acercaba despacio a la escena del crimen, sí; agarré los pedazos de la cámara todavía sin creerme lo que había pasado, sí; quise llorar… pero no pude. Ni una lágrima, ni una pataleta. Simplemente, no me salía. En ese momento, todavía en caliente, me acordé de la frase de esta entrada de mi querido Eduardo Galeano, uno de los pensadores que más admiro. Con tantas personas perdidas, ¿cómo llorar por una cosa? Y fue así como pasé de la confusión más absoluta del no puede ser a: no puedo hacer nada por cambiar lo sucedido, es una máquina, a mi no me ha pasado nada. Patri, disfruta de la excursión. Con ese pensamiento y los restos de mi maltrecha cámara me subí al minibús donde esperaban los compañeros de excursión. La gente me miraba con cara de pena, pero yo, en esos momentos, seguía sorprendida por mi propia reacción.

Creo que en la vida suceden estas situaciones para que pongamos en práctica nuestra capacidad de aprender y lidiar con aquellos imprevistos que nos complican el camino. Creo que también es ahí donde podemos ver claramente las opciones que tenemos y elegir cómo nos queremos sentir y por tanto cómo vamos a reaccionar. Yo podría haber empezado a, perdón por la vulgaridad, ‘cagarme en todo’, llorar, llenarme de rabia y no haber disfrutado del viaje. Pero en vez de eso elegí relativizar. Podía escoger dejarme arrastrar por el ‘qué mierda’ (perdón de nuevo por la vulgaridad). Pero había pagado ese viaje, estaba en el desierto con amigos, en una aventura para ver algo nuevo. Yo estaba bien, no me había pasado nada y… ¡estaba en Australia! ¿Por qué iba a cargarme ese momentazo con lamentos y una rabia que de nada serviría?

Con tantas personas perdidas, con tantas cosas que de verdad podrían ir mal en mi vida y en la de mi gente… ¿cómo sentirme desdichada? ¿Cómo llorar por una máquina cuando en el mundo hay tanto dolor?. Me acordaba también de una mujer a la que conocí en Calcuta, y a la que su marido le había echado ácido en el cuerpo. Pensando en ese cuerpo desfigurado, en esa ceguera irreparable… ¿cómo iba a llorar por un aparato? Pensé lo afortunada que era, y en los millones de personas a los que no se les rompe una cámara porque por desgracia (una de verdad) no la tienen, ni seguramente hayan visto una en su vida ni la verán.

En ese momento sentí cómo algo había cambiado en mi y me sorprendí gratamente de mi propia reacción. Tendría que lidiar con el seguro, juntar la documentación, mandársela y esperar pacientemente a obtener una respuesta (sigo a la espera). No voy a ser cínica y decir que me da igual si el seguro me paga otra nueva o no. Estoy cruzando los dedos para que tomen una decisión que me favorezca. Pero pase lo que pase, esa reacción que tuve aquella mañana bajo el sol del desierto australiano y todo lo que aprendí de mi en ese momento, es algo que siempre agradeceré.

Decidir cómo queremos reaccionar y consentir que algo nos estropee el día o no es algo que está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestra mente. Tenemos la capacidad de elegir y eso mismo ya nos hace libres y aligera los problemas. Pensar en todo lo que de verdad podría ir mal, como recibir una llamada diciendo que alguien al que queremos ha tenido una accidente o ya no está con nosotros, me hizo valorar la situación sin dramatizar, dándole la importancia apropiada y concediendo a esa preocupación el tiempo justo para lidiar con el problema.

Con tantas personas perdidas, con tantos abrazos que ya no son posibles… cómo llorar por las cosas… Escribiendo estas líneas me acuerdo de los míos, de los que ya no están, y de todos aquellos cuyo dolor es más grande y, valga la redundancia, doloroso porque va más allá de una pérdida material.

A modo de homenaje por los que ya no están, a modo de respeto por el dolor humano.

Finales y principios

Cuando llegues al final de lo que debes saber, estarás al principio de lo que debes sentir. Khalil Gibran

Que la vida es una montaña rusa emocional no es nada nuevo. Todos tenemos nuestros altibajos y vamos a días y a ratos. Está en nuestro ADN y quien niegue y viva de espaldas a la dureza de este trayecto, vive en la oscuridad.

Creo que lo peor de esas bajadas emocionales o más comúnmente llamados ‘bajones’ es la sensación de confusión y de no saber para dónde tirar que a veces nos ciega y paraliza. porque cuando sabemos lo que sentimos, por muy negativo que sea, por lo menos identificamos qué es eso que tanto nos está preocupando. Pero la sensación de sentir algo y no saber muy bien el qué o el por qué es todavía más angustiosa y más dañina, pues si no tenemos conciencia de qué, difícilmente podremos afrontar ese malestar y hallar un cómo.

Con todo esto lo que trato de decir es que a veces llegar a ese final que clarifique un poco las cosas y que arroje luz a cómo nos encontramos es algo que se puede hacer de rogar. A nadie le gusta estar en esa transición, en ese limbo de no saber hacia dónde tirar ni cómo se supone que se tiene que actuar. El camino desaparece y parece que nos estancamos, a la espera de algo sin ni siquiera saber el qué.

El otro día leí que la confusión es la antesala de la claridad, y en este sentido la cita de Khalil Gibran aborda el mismo tema. El saber es un proceso, un camino que es necesario transitar aún sin saber hacia donde nos dirigimos. Pero en algún momento, el camino comenzará a perfilarse y entonces podremos acercarnos más a eso que necesitamos trabajar, en la dirección correcta.

Lo importante es confiar, fluir y no dejarse caer. Entender que esos bajones son parte de la vida porque somos humanos; reconocerlos, aceptarlos, darles un tiempo para dejarlos aflorar y salir de nosotros para después confrontarlos y ver qué es lo que podemos aprender de esa situación que tanto nos frustra. Entender que todo es temporal y que los nubarrones también pasarán. Ningún estado de ánimo permanece si nosotros así lo queremos (y así lo trabajamos).

Es solo a medida que vamos profundizando en nosotros mismos y conociéndonos más como aprendemos a sortear esas bajadas y hacer de esa montaña un trayecto menos brusco y más placentero.

Las 4 leyes de la espiritualidad

Las 4 leyes de la espiritualidad

En una cita ya tiene un año. Para celebrarlo, quería escoger un pensamiento especial, algo que de alguna manera contuviese algo más que una reflexión sino una filosofía, una forma de pensar y sobre todo, de vivir. Hace unas semanas cayó un texto a mis manos (quien dice las manos dice el muro de Facebook), en el que se mencionaban las 4 leyes de la espiritualidad que se enseñan en la India. Como yo además me encuentro en dicho país, pensé que sería ideal comenzar este segundo año del blog rescatando estas leyes.

Antes de nada, también me gustaría decir que esto es como todo: te lo puedes creer o no. Pero lo que también creo es que si nunca te los habías planteado, sería interesante que por lo menos los contemplaras y ver si algo sucede a raíz de ello. En la vida uno cree lo que le funciona y lo que le va bien. Y a mi estás leyes me sirven y ‘me funcionan’. Podría dar muchos motivos, pero si tuviera que escoger, diría que es porque entender y aplicar estas leyes consiguen algo que de lo contrario me costaría mucho trabajo entender y llevar a la práctica: fluir con la vida. Fluir. No dar tantas vueltas a las cosas, no obcecarse con las posibilidades perdidas, aceptar los principios y los finales de las cosas, de las relaciones y de la vida misma. Fluir con la vida. Fluir con el curso de los acontecimientos. Sencillamente, fluir.

1. La persona que llega es la persona correcta. ¿Alguna vez te has parado a pensar en los millones y millones de personas que habitamos en el mundo? Pero de verdad… ¡MILLONES! Yo me lo planteo muchas veces, y es entonces cuando me doy cuenta de que las posibilidades de toparme con una cierta persona en mi camino son tan pequeñas, pero tan tan pequeñas, que ciertamente no puede ser casual que esa persona esté ahí, charlando conmigo o a mi lado en el bus. Es entonces cuando doy otra vuelta de tuerca y pienso que si de entre todos los millones de personas, esa en concreto está en mi camino, es porque seguro tiene algo que aportarme, algo de la que yo puedo aprender. Así que por eso la primera ley dice que la persona que llega, es la correcta.

2. Lo que sucede es lo único que podría haber sucedido. Creo que esta es mi ley favorita. Cuánto sufrimiento nos ahorraríamos si dejáramos de llorarle a la diosa Y si. Si no hubiera hecho eso y si hubiera hecho lo otro… y si fuese diferente… y si el mundo fuera más justo… y si no hubiese llegado tarde… y si, y si, y si… ¿Te das cuenta la cantidad de energía que desperdiciamos pensando en situaciones que nunca ocurrieron y por tanto, inexistentes? Si hubiera podido pasar de otra forma, hubiera pasado. Pero si sucedió así es porque ese así era la única forma, la única manera, y no hay vuelta de hoja. Enfocarnos en cosas que no fueron es una manera perfecta para desvincularnos del presente, viviendo una realidad que no existe y creando mucho dolor. Aprende a aceptar los hechos y a fluir con ellos; aprende a trepar la pared en vez de darte cabezazos con ella.

3. En cualquier momento que comience, es el momento correcto. Esta ley es el antídoto perfecto para uno de los problemas más graves de la sociedad de hoy en día que es el estrés que genera la falta de tiempo y la ansiedad que nos produce que las cosas no pasen cuando nosotros queremos. Lo que tenga que ser, será, y ocurrirá en el momento justo, ni antes ni después. Seguro que muchas veces te ha sucedido algo que llevabas esperando desde hacía mucho tiempo, y cuando eso ha ocurrido has entendido por qué no pudo ser antes. Nunca somos los mismos que ayer ni seremos los mismos que mañana. Nunca estamos en el mismo punto, y por tanto para que algo ocurra necesitamos entender algo para lo que todavía no estamos preparados o porque simplemente, no es el momento.

4. Cuando algo termina, termina. Creo que en esta ley juega un papel muy importante el hecho de que nos cueste tanto aceptar la palabra ‘fin’. Nos gusta pensar (porque nos es más fácil y menos doloroso) que todo es ilimitado y para toda la vida; que eso de los finales no va con nosotros sino que es algo que ocurre en las películas. Pero a veces las cosas acaban, o simplemente se transforman en otras; a veces las cosas tal como las conocemos y nos gustan, terminan. Y sucede así porque de lo contrario iría en contra de la propia naturaleza de la vida, donde todo cambia y nada permanece.

Me remito a lo que dije anteriormente: cada uno cree lo que le conviene y le va mejor. Creo que eso es lo inteligente y lo bueno que tiene el conocerse a uno mismo, que te permite (o te permites) escoger aquello que te hace feliz y te ayuda a vivir tu vida de la mejor forma posible. Fluir con ella, y que ella fluya a través de ti.