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Solo sigue adelante

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Hace tiempo una buena amiga me mandó esta bonita reflexión y le prometí que la guardaría para una futura entrada. Creo que ha llegado la hora de sacarla del cajón y exponerla. La cita en cuestión es más larga aunque no he querido poner el texto entero en el diseño.

Me vais a permitir la licencia de no extenderme mucho más en este post; últimamente esto de los viajes y el tener nuevas actividades me está restando tiempo para otras cosas y entre ellas, está la de escribir para el blog. Prometo recuperar el ritmo que llevaba antes muy prontito, es solo cuestión ya de unas semanas. Pero por el momento, aquí os dejo el texto completo de esta reflexión a la que verdaderamente poco puedo añadir.

No llores por lo que perdiste, lucha por lo que te queda. No llores por lo que ha muerto, lucha por lo que ha nacido en ti. No llores por quien se ha marchado, lucha por quien está contigo. No llores por quien te odia, lucha por quien te quiere. No llores por tu pasado, lucha por tu presente. No llores por tu sufrimiento, lucha por tu felicidad. Con las cosas que a uno le suceden vamos aprendiendo que nada es imposible de solucionar, solo sigue adelante.

Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco

 

Tiempos modernos

No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida? Mafalda

En mi aventura recorriendo el mundo me estoy encontrando con formas de vida diferentes de la mía, lo cual era uno de mis objetivos a la hora del colgarme la mochila al hombro y emprender el camino. Hace un par de días regresé de uno de los paisajes más impresionantes que he visto en mi vida situado al norte de Vietnam. Sapa es un pueblecito rodeado por plantaciones de arroz que crecen y trepan por la ladera de la montaña, abarcando prácticamente todo el terreno del gran valle en el que se enclava. La gente de las etnias que viven en esta zona se dedican al cultivo del arroz y muchos de ellos también acogen en sus humildes casas a viajeros con ganas de pasar unos días con ellos y así tener una experiencia más local.

Viviendo con una de esas familias cuya casa era poco más que la estructura de las paredes, me daba cuenta de la manera tan absurda en la que hemos complicado nuestras vidas. La modernidad de la que tanto presumimos, en la que el kit de supervivencia se compone de móvil de última generación, ipod, tableta o portátil y ese ansia de estar conectados y localizables a cada momento, nos ha hecho esclavos de un estilo de vida que hace años ni siquiera existía, y que a mi modo de ver, se nos está yendo un poco de las manos.

Corren tiempos de prisa, de GPS, de Facebook, Whatsup… y no sigo porque creo que todos nos la sabemos bastante bien esa lista. Nos quejamos de que no tenemos tiempo y dejamos al niño delante de la tele para que se entretenga para que así nos cunda más. Pensando en esta vorágine yo observaba a Mama Gin, la mujer con la que me estaba quedando, quien con una sonrisa perenne tenía tiempo que dedicar a sus cinco hijos, ir a la plantación de arroz a deslomarse en la cosecha, volver y prepararme la comida, teñir algunos paños para vender y por la noche ir a disfrutar con las vecinas de unos chupitos del licor de arroz casero.

La vida puede ser tan sencilla o tan complicada como nosotros queramos. Eso de que no tenemos tiempo es una excusa-mentira que nos decimos para ‘perdonarnos’ a nosotros mismos. Yo misma me sorprendo muchas veces de cómo Internet come mi tiempo a una velocidad que ni yo me creo. Muchas noches después de cenar me siento delante del portátil, prometiéndome que solo voy a estar conectada media hora y cuando me quiero dar cuenta ya llevo tres.

En Sapa también comprendí que a medida que vamos añadiendo aparatos, necesidades y toda la ristra de obligaciones que creemos debemos hacer por día, nos estamos alejando de la esencia de la vida, que no es otra que la de vivir el presente al 100%. Creemos que la multitarea y el ser capaces de hacer mil cosas a la vez es algo bueno (y que sin duda la sociedad premia). Muchas veces nos olvidamos de que somos humanos y de que tenemos unos límites. Lo curioso de todo esto es que luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando oímos las elevadas cifras de gente que sufre ansiedad, niños incluidos.

Vamos de modernos porque creemos que es algo que se lleva y que es lo que toca y sin embargo nos olvidamos de vivir, al igual que un buceador que por querer hacer más distancia se olvida de sacar la cabeza para tomar aire. Ser consciente de ello y conocer nuestros límites, saber hasta dónde puedo tensar la cuerda sin que ésta se rompa es una de los mejores favores que nos podemos hacer a nosotros mismos. Comprender que por querer hacer más a veces sentimos y disfrutamos las cosas menos es un buen comienzo para empezar a cambiar unos hábitos que para nada nos benefician y que en casos extremos pueden llegar a pasar una seria factura. Demos un descanso a la modernidad y vivamos el ahora. La vida no espera a nadie.

Llorar por las cosas

Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor. Eduardo Galeano

Hay veces en la vida en las que pasan situaciones que nos trastocan los planes, que ‘nos hacen la puñeta’ como se suelen decir coloquialmente, y con las que debemos lidiar. Una situación como la que me tocó vivir hace unas semanas, donde haciendo una excursión por el centro de Australia mi cámara de fotos no corrió buena suerte y acabo siendo lanzada contra la carretera. Allí, en el asfalto abrasador, mi cámara agonizaba mientras yo me acercaba a ella despacito, como sin querer reconocer lo que estaba viendo; como queriendo retroceder en el tiempo para evitar lo que acababa de ocurrir.

Si cuento esto es porque dentro de la desgracia, tuve una reacción nueva en mi y fue un momento muy revelador. Sigo contando: Me acercaba despacio a la escena del crimen, sí; agarré los pedazos de la cámara todavía sin creerme lo que había pasado, sí; quise llorar… pero no pude. Ni una lágrima, ni una pataleta. Simplemente, no me salía. En ese momento, todavía en caliente, me acordé de la frase de esta entrada de mi querido Eduardo Galeano, uno de los pensadores que más admiro. Con tantas personas perdidas, ¿cómo llorar por una cosa? Y fue así como pasé de la confusión más absoluta del no puede ser a: no puedo hacer nada por cambiar lo sucedido, es una máquina, a mi no me ha pasado nada. Patri, disfruta de la excursión. Con ese pensamiento y los restos de mi maltrecha cámara me subí al minibús donde esperaban los compañeros de excursión. La gente me miraba con cara de pena, pero yo, en esos momentos, seguía sorprendida por mi propia reacción.

Creo que en la vida suceden estas situaciones para que pongamos en práctica nuestra capacidad de aprender y lidiar con aquellos imprevistos que nos complican el camino. Creo que también es ahí donde podemos ver claramente las opciones que tenemos y elegir cómo nos queremos sentir y por tanto cómo vamos a reaccionar. Yo podría haber empezado a, perdón por la vulgaridad, ‘cagarme en todo’, llorar, llenarme de rabia y no haber disfrutado del viaje. Pero en vez de eso elegí relativizar. Podía escoger dejarme arrastrar por el ‘qué mierda’ (perdón de nuevo por la vulgaridad). Pero había pagado ese viaje, estaba en el desierto con amigos, en una aventura para ver algo nuevo. Yo estaba bien, no me había pasado nada y… ¡estaba en Australia! ¿Por qué iba a cargarme ese momentazo con lamentos y una rabia que de nada serviría?

Con tantas personas perdidas, con tantas cosas que de verdad podrían ir mal en mi vida y en la de mi gente… ¿cómo sentirme desdichada? ¿Cómo llorar por una máquina cuando en el mundo hay tanto dolor?. Me acordaba también de una mujer a la que conocí en Calcuta, y a la que su marido le había echado ácido en el cuerpo. Pensando en ese cuerpo desfigurado, en esa ceguera irreparable… ¿cómo iba a llorar por un aparato? Pensé lo afortunada que era, y en los millones de personas a los que no se les rompe una cámara porque por desgracia (una de verdad) no la tienen, ni seguramente hayan visto una en su vida ni la verán.

En ese momento sentí cómo algo había cambiado en mi y me sorprendí gratamente de mi propia reacción. Tendría que lidiar con el seguro, juntar la documentación, mandársela y esperar pacientemente a obtener una respuesta (sigo a la espera). No voy a ser cínica y decir que me da igual si el seguro me paga otra nueva o no. Estoy cruzando los dedos para que tomen una decisión que me favorezca. Pero pase lo que pase, esa reacción que tuve aquella mañana bajo el sol del desierto australiano y todo lo que aprendí de mi en ese momento, es algo que siempre agradeceré.

Decidir cómo queremos reaccionar y consentir que algo nos estropee el día o no es algo que está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestra mente. Tenemos la capacidad de elegir y eso mismo ya nos hace libres y aligera los problemas. Pensar en todo lo que de verdad podría ir mal, como recibir una llamada diciendo que alguien al que queremos ha tenido una accidente o ya no está con nosotros, me hizo valorar la situación sin dramatizar, dándole la importancia apropiada y concediendo a esa preocupación el tiempo justo para lidiar con el problema.

Con tantas personas perdidas, con tantos abrazos que ya no son posibles… cómo llorar por las cosas… Escribiendo estas líneas me acuerdo de los míos, de los que ya no están, y de todos aquellos cuyo dolor es más grande y, valga la redundancia, doloroso porque va más allá de una pérdida material.

A modo de homenaje por los que ya no están, a modo de respeto por el dolor humano.

Yo soy tú

Hace tiempo que no ponía un vídeo en el blog. Paradójicamente, éste que presento ahora llevaba ya mucho en mi cabeza, así que no lo que querido demorar más. No se me ocurre nada mejor que decir que es un vídeo hermoso con un mensaje lleno de luz, una música que engancha y unas imágenes que recuerdan al verano y a momentos felices.

Si pudiera subrayar algo de este vídeo, sería el concepto de unidad del que habla: yo soy tú y tú eres yo. Cuántas veces pienso en lo mejor que iría el mundo si entendiéramos y respetásemos este principio, el hecho de pensar que si daño al otro me daño a mi y que lo que doy, me lo estoy dando también a mi mismo.

Es un vídeo con mucha ‘chicha’, como se dice coloquialmente, y que merece la pena ver un par de veces. Espero que lo disfrutes.