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Cuestión de dinero

Es-dificil-hacer-que-un-hombre

Que el dinero es importante en una sociedad como la nuestra es algo que nadie duda. Se nos dice que no da la felicidad pero está claro que ayuda, y mucho, sobre todo cuando nos permite ponernos un cinturón lo bastante holgado para que no tengamos que pasar más penurias de las justas. Sin llegar hasta esos extremos, recientemente y como consecuencia de mi viaje de 11 meses como mochilera por el mundo, me vengo planteando todos esos valores que concedemos al dinero y que en la mayoría de las veces me parecen exagerados. Que el dinero es importante es un hecho, pero que todo gire alrededor de eso y que se convierta en la zanahoria que hace mover al burro sin ningún otro aliciente es algo que merece que, como mínimo, nos planteemos qué nos está moviendo a avanzar como personas.

Me sorprende mucho la cantidad de comentarios que se oyen al respecto de este tema: si me tocase la lotería dejaría hoy mismo de trabajar para siempre; si no fuese por el dinero dejaría este trabajo que no me satisface a nivel personal ni profesional… Hacer este tipo de comentarios supone quedarse en un primer nivel, bastante banal y utópico, donde solo vemos la felicidad que nos aportaría un fajo de billetes de por vida sin ni siquiera pararnos a pensar que eso de la felicidad eterna no existe. En lugar de eso, sería mucho más interesante seguir arañando niveles e intentar plantearnos lo que realmente nos gustaría hacer por el resto de nuestros días como si el dinero no fuese (tan) importante.

Es un ejercicio reflexivo, nada fácil por cierto. ¿Qué me haría feliz? ¿qué me gustaría hacer? Si no estuviera ciego por la zanahoria que me están poniendo delante, ¿dónde me vería trabajando o qué me veo haciendo hasta que sea mayor? Mucha gente se plantea todo esto pero se frustra cuando no consigue plantearse o imaginarse esa situación porque vive tan focalizada en el dinero y con tanto miedo al cambio que prefieren quejarse antes que intentar cambiar la situación.

Yo creo que lo interesante es encontrar la unión, no ya del dinero en sí sino del valor y la importancia que le concedemos con los valores personales y profesionales, es decir, que ambos estén compenetrados y que no se contradigan ni nos limiten como personas ni a la hora de plantearme nuevos horizontes. Que el dinero me ayude a ver el dibujo completo (big picture), como se dice en inglés, y no solo lo que veo a través de una ranura pequeña y asfixiante, y que me haga entender que todo cambio exterior empieza siempre con un cambio interior en el que todos los factores tienen que estar a mi favor.

Al igual que los planetas se alinean para dar lugar a un fenómeno extraordinario, nuestras ideas, valores e incluso todos los elementos materiales que hay en nuestra vida tienen que trabajar al unísono sin que un valor pise a una idea o sin que la percepción que tenemos sobre algo nos eche por tierra nuestros planes para ser felices, y sin que nada boicotee a nada. En este sentido el dinero juega un papel importante porque si lo ganamos, invertimos, ahorramos y gastamos siendo consecuentes con nosotros mismos y nuestros principios, lo estaremos convirtiendo en un amigo y aliado. Ahora bien, si pretendemos obtener cambios en nuestra vida y nos limitamos a ver el dinero con la obsesión de que es lo único que nos hace levantarnos para ir cada mañana a un trabajo que no nos satisface ni nos llena profesionalmente, difícilmente podremos comenzar a cambiar esa situación puesto que estaremos dejando fuera de la ecuación a otros muchos factores vitales para ser un poco más felices.

De nosotros depende el comprender los verdaderos valores que mueven nuestras vidas, y de ajustar la percepción que tenemos del dinero para que todo lo que hagamos sea coherente con lo que pensamos y somos. Contemplar el dibujo completo y multiplicar los beneficios de hacer algo que nos gusta es algo que no tiene precio y que ni siquiera el dinero puede comprar.

¿Y si nos levantamos?

En esta nueva entrada quiero presentar un vídeo que me ha sorprendido por la sencillez de su mensaje pero con un profundo significado a su vez. En menos de dos minutos el vídeo se centra en la tiranía de la silla, esa en la que tantas y tantas horas nos pasamos sentados a lo largo de nuestra vida, y plantea una interesante pregunta.

Puede parecer muy tonto, pero a veces se nos olvida que para conseguir cualquier cambio o aquello que queremos alcanzar hay que empezar levantando el culo. En el momento que nos movemos estamos cambiando nuestra postura, nuestra predisposición hacia algo y por tanto, empezamos a tener una actitud más activa. Espero que os guste.

Solo sigue adelante

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Hace tiempo una buena amiga me mandó esta bonita reflexión y le prometí que la guardaría para una futura entrada. Creo que ha llegado la hora de sacarla del cajón y exponerla. La cita en cuestión es más larga aunque no he querido poner el texto entero en el diseño.

Me vais a permitir la licencia de no extenderme mucho más en este post; últimamente esto de los viajes y el tener nuevas actividades me está restando tiempo para otras cosas y entre ellas, está la de escribir para el blog. Prometo recuperar el ritmo que llevaba antes muy prontito, es solo cuestión ya de unas semanas. Pero por el momento, aquí os dejo el texto completo de esta reflexión a la que verdaderamente poco puedo añadir.

No llores por lo que perdiste, lucha por lo que te queda. No llores por lo que ha muerto, lucha por lo que ha nacido en ti. No llores por quien se ha marchado, lucha por quien está contigo. No llores por quien te odia, lucha por quien te quiere. No llores por tu pasado, lucha por tu presente. No llores por tu sufrimiento, lucha por tu felicidad. Con las cosas que a uno le suceden vamos aprendiendo que nada es imposible de solucionar, solo sigue adelante.

Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco

 

Tiempos modernos

No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida? Mafalda

En mi aventura recorriendo el mundo me estoy encontrando con formas de vida diferentes de la mía, lo cual era uno de mis objetivos a la hora del colgarme la mochila al hombro y emprender el camino. Hace un par de días regresé de uno de los paisajes más impresionantes que he visto en mi vida situado al norte de Vietnam. Sapa es un pueblecito rodeado por plantaciones de arroz que crecen y trepan por la ladera de la montaña, abarcando prácticamente todo el terreno del gran valle en el que se enclava. La gente de las etnias que viven en esta zona se dedican al cultivo del arroz y muchos de ellos también acogen en sus humildes casas a viajeros con ganas de pasar unos días con ellos y así tener una experiencia más local.

Viviendo con una de esas familias cuya casa era poco más que la estructura de las paredes, me daba cuenta de la manera tan absurda en la que hemos complicado nuestras vidas. La modernidad de la que tanto presumimos, en la que el kit de supervivencia se compone de móvil de última generación, ipod, tableta o portátil y ese ansia de estar conectados y localizables a cada momento, nos ha hecho esclavos de un estilo de vida que hace años ni siquiera existía, y que a mi modo de ver, se nos está yendo un poco de las manos.

Corren tiempos de prisa, de GPS, de Facebook, Whatsup… y no sigo porque creo que todos nos la sabemos bastante bien esa lista. Nos quejamos de que no tenemos tiempo y dejamos al niño delante de la tele para que se entretenga para que así nos cunda más. Pensando en esta vorágine yo observaba a Mama Gin, la mujer con la que me estaba quedando, quien con una sonrisa perenne tenía tiempo que dedicar a sus cinco hijos, ir a la plantación de arroz a deslomarse en la cosecha, volver y prepararme la comida, teñir algunos paños para vender y por la noche ir a disfrutar con las vecinas de unos chupitos del licor de arroz casero.

La vida puede ser tan sencilla o tan complicada como nosotros queramos. Eso de que no tenemos tiempo es una excusa-mentira que nos decimos para ‘perdonarnos’ a nosotros mismos. Yo misma me sorprendo muchas veces de cómo Internet come mi tiempo a una velocidad que ni yo me creo. Muchas noches después de cenar me siento delante del portátil, prometiéndome que solo voy a estar conectada media hora y cuando me quiero dar cuenta ya llevo tres.

En Sapa también comprendí que a medida que vamos añadiendo aparatos, necesidades y toda la ristra de obligaciones que creemos debemos hacer por día, nos estamos alejando de la esencia de la vida, que no es otra que la de vivir el presente al 100%. Creemos que la multitarea y el ser capaces de hacer mil cosas a la vez es algo bueno (y que sin duda la sociedad premia). Muchas veces nos olvidamos de que somos humanos y de que tenemos unos límites. Lo curioso de todo esto es que luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando oímos las elevadas cifras de gente que sufre ansiedad, niños incluidos.

Vamos de modernos porque creemos que es algo que se lleva y que es lo que toca y sin embargo nos olvidamos de vivir, al igual que un buceador que por querer hacer más distancia se olvida de sacar la cabeza para tomar aire. Ser consciente de ello y conocer nuestros límites, saber hasta dónde puedo tensar la cuerda sin que ésta se rompa es una de los mejores favores que nos podemos hacer a nosotros mismos. Comprender que por querer hacer más a veces sentimos y disfrutamos las cosas menos es un buen comienzo para empezar a cambiar unos hábitos que para nada nos benefician y que en casos extremos pueden llegar a pasar una seria factura. Demos un descanso a la modernidad y vivamos el ahora. La vida no espera a nadie.