Archivo de la etiqueta: inteligencia emocional

Decide qué es lo mejor para ti

La-felicidad-es-una-decisión

En nuestra vida diaria y en nuestras rutinas decidimos qué ponernos, qué comer, dónde salir a tomar la copa del sábado o si nos apetece o no tener un día perro de esos en los que andamos con el pijama todo el día por casa. Pero muy pocas veces se nos ocurre decidir sobre otros temas más emocionales o que nos afectan a nivel anímico porque pensamos que eso es algo sobre lo que no tenemos cartas en el asunto como si fuese un hecho inamovible al que nos tenemos que resignar sin decir ni pío.

Sugerir que alguien puede decidir su grado de felicidad suena a frase sacada de una película de Disney. Pero más que enfocar esta afirmación desde una perspectiva pastelona de color de rosa, prefiero mantener los pies en la tierra primero, y segundo, ir un paso más allá al respecto. Porque vamos a ver, dejar todo el peso y responsabilidad a las circunstancias y todo lo que nos sucede con sus cosas buenas y malas es, por decirlo así, bastante ‘cómodo’. Echar balones fuera y culpar a la mala suerte que tenemos, o a esa persona que nos hace la vida imposible nos convierte en las víctimas de la novela, nos libera de cualquier responsabilidad y por tanto, pensamos y sentimos que nuestra felicidad depende y es la consecuencia de todos esos factores. Ahora bien, decidir que podemos ser felices a pesar y por encima de nuestras circunstancias es algo que requiere asumir el peso que nosotros tenemos y ejercemos sobre el problema o situación. Se necesita además dejar los dramones a parte para centrarnos y conseguir la mayor objetividad posible, además de relativizar las cosas. Y por último, decidir nuestro grado de felicidad implica que nos carguemos sobre los hombros algo que a muchos o todos nos asusta: la responsabilidad.

A quien piense que la reflexión de hoy es una ñoñería rosa y utópica, de esas que ‘están muy bien para las películas pero chata esto es el mundo real’, yo le plantearía toda una retahíla de preguntas acordes con la responsabilidad y el grado de acción que está dispuesto a asumir como capitán de su propio barco. Nos da respeto pensar que podemos decidir cómo de feliz queremos ser pero sin embargo vemos tan normal pasarle la papeleta a nuestras circunstancias y así adoptar un papel pasivo como el que ni pincha ni corta. ¿Acaso no es eso aún más triste y desolador? Porque pensar que las cosas nos van mal y ‘por lógica’, no podemos ser felices es aún más deprimente que pensar que aunque las cosas nos vayan mal o de forma distinta a cómo nos gustaría, siempre podemos decidir cómo me quiero sentir ante ellas, ante y para mi y hacia los demás. Es como ese último As de la manga que nos puede ayudar a ganar la partida. Quizás sea a la desesperada, pero por lo menos tenemos esa opción.

Tenemos más poder del que pensamos para hundirnos más y más profundo o por el contrario ofrecernos a nosotros mismos una mano de ayuda que nos levante un poquito más. Decidir en qué lado queremos estar es la mejor herramienta que podemos tener para vernos como personas con capacidad de elección y de reacción y no como meras marionetas que se mueven gracias a manos ajenas. No es una utopía. Se llama ser valiente y decidir qué es lo mejor para ti.

Evolución

No es positivismo, se llama evolución.

Tras unas semanas de ausencia, aquí vuelvo con una nueva reflexión. Surgió en una conversación espontánea, de despedida con alguien al que quieres, a las tantas de la noche. Hablando de todo y de nada, de la vida y de los retos, y como siguiendo un hilo invisible que encauzase los pensamientos y las palabras me dio por pensar en las veces que utilizamos la palabra ‘positivo’ cuando en realidad lo que sería más acertado es decir ‘evolución’.

Me explico: cuando alguien está sufriendo una crisis o momentos muy duros y esa persona elige buscar el lado bueno (que no fácil) y actuar con una actitud positiva, en el fondo lo que está haciendo es evolucionar. Porque si cada vez que tuviéramos algún problema nos viniéramos abajo de manera drástica, la humanidad sería menos feliz pero sobre todo, avanzaría/evolucionaría a un ritmo más lento.

Así que en fondo creo que aprender de las cosas, de nuestras experiencias y de nuestros miedos e intentar salir fortalecidos no es más (ni menos) que desarrollar el propósito de que la humanidad siga evolucionando y sigamos existiendo como especie. El ser humano puede recibir y recibe golpes muy duros a lo largo de su vida. Hay gente con historias más difíciles que otras, que ha sufrido más o menos, pero en en fondo la vida nunca es fácil. Y sacar las fuerzas y los recursos necesarios para vencer cuantos obstáculos se nos presenten no me parece que sea algo que se deba etiquetar como ‘positivo’ o ‘negativo’ ni plantearse si es bueno o malo: es ‘simplemente’ evolución.

Quizás parezca obvio pero todos sabemos que en los momentos de flaqueza lo obvio no lo es tanto, y lo blanco puede parecer negro. Las ganas de salir adelante, la resiliencia con la que salir fortalecidos, las ganas de superar un bache y sobre todo, ese compromiso de evolución hacia nosotros mismos como especie, hace que cada ser humano sea la maravilla que es. Somos únicos e irrepetibles, sí. Pero si hay algo que nos une es ese deseo de evolucionar que todos llevamos dentro (a veces estará mermado o dañado pero siempre está allí), y el cual ahora me inspira a escribir estas líneas.

No es positivismo, ni consiste en verlo todo del color de rosa. Tampoco es ser frívolo o considerar que todo es fácil (nunca lo es) y que se consigue con desearlo. Que va. Hay que apuntar el foco hacia uno mismo, echarle ganas y no desistir cuando las caídas lleguen (que llegarán). Pero en un momento dado, ni antes ni después, podrás ver que el punto en el que te encuentras no es aquel en el que estabas, y que lo que ayer te parecía imposible hoy ya no lo parece tanto. Aprender para evolucionar y evolucionar para aprender. Está en cada uno de nosotros.

Mira hacia adentro

Quien mira hacia afuera, sueña. Quien mira hacia adentro, despierta. Carl Jung

La cita que presento con esta entrada bien podría resumir el propósito de este blog. Cuando empecé ‘En una cita’ quería crear un espacio donde las prisas, los ruidos y demás distracciones se quedasen fuera para así disponer de un espacio en silencio, donde cada uno se pudiera poner en contacto con lo mejor de sí mismo. La importancia de ese contacto radica en su valor a la hora de conocernos mejor, de mirar hacia dentro. Supone todo un ejercicio de introspección sin juicios ni etiquetas, en el que observamos, aceptamos y cambiamos con el fin último de despertar hacia nuestro verdadero yo.

La cita de Carl Jung ciertamente da en el clavo. Plantea la diferencia entre el ‘afuera’ y el ‘adentro’, y lo que implica desarrollar una opción u otra. Yo equiparo el ‘afuera’ con todas esas distracciones, la falta de tiempo, las reglas y normas que nos dicen que tenemos que seguir sin ni siquiera plantearnos si a nosotros nos van bien o no, y en general todo aquello que nos desvía del camino más importante: el autoconocimiento. Es curioso que en el mundo de posibilidades y libertades en que vivimos hoy en día haya tantas personas perdidas, sin saber qué quieren lograr y cuál es su propósito. Caer en esta espiral puede ser fácil si, como digo, solo se mira para fuera. Sin duda es lo cómodo y lo más seguro: si miro hacia fuera, si la pelota siempre está en el tejado del otro no me tengo que preocupar ni dar explicaciones. Pero lo cierto es que el único camino por el que podemos optar para lograr ser felices y vivir la vida al máximo es el autoconocimiento.

Llegar a conocerse no es algo tan sencillo como decir: ‘estoy en A y quiero ir a B. Punto’. En primer lugar es un ejercicio personal que sólo empezará si la persona quiere conocerse y está dispuesta a aceptar lo que se va a encontrar. En el momento que este ejercicio sea impuesto o neguemos algunos aspectos de lo que de verdad somos, abandonaremos la toalla muy fácilmente. En segundo lugar, requiere olvidarse de las etiquetas y de las casillas en las que nos han ido metiendo a lo largo de los años. No se trata de empezar a analizarse partiendo de la premisa de que ‘yo no valgo para esto’ o ‘los demás dicen que soy esto o lo otro’. En el camino del autoconocimiento no hay que dar nada por sentado, ni al principio ni al final. Nunca. Se trata de observar y de intentar entender aquello que somos y por qué somos como somos. Y en tercer lugar, hay que entender que es un proceso que dura toda la vida. Como decía al inicio de este párrafo, no consiste en ir de A a B sin importar lo demás, sino todo lo contrario: es en el proceso donde está la verdadera riqueza y el verdadero valor personal. Es en ese camino donde está el aprendizaje, ya que poco a poco vamos entendiendo mejor y vamos aplicándolo a nuestro presente, incorporándolo a nuestra vida.

Tomar conciencia de quién somos y despertar ante esa realidad y ante la vida es uno de los mejores regalos que nos podemos hacer a nosotros mismos. Jorge Bucay decía algo así como que ‘la vida no admite representantes’, y por tanto depende de nosotros ser auténticos y genuinos, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios y valores. Es una decisión personal e intransferible. Solo tú puedes decidir hacia dónde quieres mirar.

Cuando la oportunidad te visita

No te precipites juzgando algo como un error, una fatalidad o una injusticia. Podría ser una oportunidad disfrazada a la que estás dejando escapar. Patricia Ibáñez.

Quiero comenzar esta entrada con un párrafo sacado del estupendo libro De los amores negados, de la escritora colombiana Ángela Becerra:

¿Por qué la felicidad nos pasa desapercibida en el segundo mismo en que la estamos viviendo, y luego toca revivirla a punta de recuerdos?; ¿quién nos metió en la cabeza que la felicidad para ser reconocida, debía ir vestida de felicidad, con un letrero luminoso diciendo: ‘hey, estoy aquí. Soy la felicidad, disfrútame’?.

Este párrafo hizo que me quedara pensando en lo que acababa de leer por un buen rato. Cuánta razón había en esas líneas y qué forma tan bonita y clara de decirlo. A raíz de ahí me puse a pensar también sobre esas otras cosas que pasan inadvertidas en nuestra vida y las cuales solo reconocemos después de un tiempo o que ni tan siquiera llegamos a reconocer.

Pensé en las oportunidades como esas posibilidades de cambio y de mejora que aparecen, y que sin embargo muchas veces juzgamos tan pronto tachándolas de errores, problemas o injusticias, que ni siquiera les damos, valga la redundancia, una oportunidad. Dicho con una metáfora sería como cortar unas alas antes incluso de que nos puedan hacer una demostración de su vuelo.

Hace unos meses alguien me decía que la vida no ofrece tantas oportunidades como uno cree. Yo, además de no compartir esa opinión, me pregunto qué entendemos por ‘oportunidades’ y sobre todo de qué clase estamos hablando: de las obvias de cartel luminoso o de las que vienen ocultas en un envoltorio llamado ‘problema’ o ‘mala suerte’. Creo (y esto claro es una opinión que no deja de ser ni más ni menos válida que la anterior), que cada uno de nosotros somos nuestra mejor oportunidad y que crear las condiciones idóneas para que éstas oportunidades surjan depende de nosotros, de lo que pensemos y hagamos. Pero también creo que como señalaba el párrafo del libro en relación a la felicidad, la mayoría de las oportunidades no aparecen con un cartel luminoso con el que se identifique tan claro lo que son. Muchas veces vienen disfrazadas de crisis, de bajadas de sueldo, de despidos, de pérdidas, de traslados no deseados o de cualquier cosa involuntaria a la que directamente rechazamos y negamos, cortando las alas antes de que alcen el vuelo.

Pongo un ejemplo: hace ya más de tres años en mi anterior trabajo nos bajaron el sueldo porque a la compañía no le estaba yendo muy bien. En ese momento mi primera reacción fue la del lamento y la queja porque ‘no era justo’. No me gustaba mi trabajo y si encima me bajaban el sueldo pues era aún peor. Pero alguien muy cercano me dijo que lo que había pasado no era sino una oportunidad para buscar otro trabajo mejor (no sé si iba a encontrar algo o no, pero ciertamente merecía la pena intentarlo porque además no arreglaba nada con quejarme). Así que me puse a buscar y a echar unos cuantos currícumlums, y al cabo de unos meses empecé a trabajar en otra empresa, con un mejor salario y condiciones laborales. Y el mío no es un caso aislado: Internet está lleno de blogueros que en su día fueron despedidos o tuvieron que afrontar algún tipo de pérdida, y que lejos de apoltronarse en el lamento y la queja utilizaron esa situación para lanzar su propio proyecto en forma de blog, convirtiéndose así en gente que disfruta haciendo lo que más le gusta, cobrando además por ello.

Así que abramos los ojos y empecemos a ver, o por lo menos valorar, que todos esos infortunios a los que de primeras juzgamos y tratamos como ‘problemas’, pueden albergar oportunidades en potencia que nos ayuden a mejorar nuestra actual situación y/o que nos aporten algo positivo (conocernos mejor, descubrir una habilidad nueva, lanzar un proyecto…).

Con todo esto no digo que no haya situaciones difíciles y que la vida sea de color de rosa. Pensar eso sería no tener los pies en la tierra y ser muy poco realista (además de todo el sufrimiento que nos acarrearía). Las personas sentimos, pensamos, idealizamos, soñamos, etc, y simplificar todo ese cúmulo de sentimientos, emociones y experiencias sería cargarnos de un plumazo toda la complejidad y riqueza del ser humano. Pero al igual que no podemos simplificar la grandeza del ser humano con definiciones, juicios y etiquetas,  tampoco podemos pensar en algo como ‘bueno’ o ‘malo’ y quedarnos ahí.

Situaciones complicadas, imprevistas o que no sean de nuestro agrado va a haber siempre, pero de nosotros dependerá el cómo manejarlas para convertir ese ‘problema’ en algo productivo y crear así mismo nuevas oportunidades y objetivos para nuestro desarrollo personal. Como decía la frase: aunque te caigas del árbol, en el suelo también hay manzanas.